Era Del Acero
La Era del Acero
Hay quien opina que vivimos en la “Edad del acero”. Y no por que el hierro del que se obtiene sea el metal más abundante en el planeta, sino sobre todo por la omnipresencia y variedad de usos del acero y porque el sector siderúrgico ha mostrado en los últimos 20 años una impresionante capacidad de adaptación a las profundas transformaciones a las que se ha tenido que enfrentar. Fruto de este proceso de reestructuración, el acero español es hoy mejor, más barato y más limpio. Sin embargo, la industria siderúrgica debe hacer todavía un esfuerzo suplementario si quiere sobrevivir a la creciente competencia de los países asiáticos y cumplir la reglamentación medioambiental impuesta por el Protocolo de Kioto.
No se conoce con exactitud cuándo ni quién descubrió el hierro, pero sí que su historia ha transcurrido pareja a la de la civilización. Así, se sabe que el empleo de adornos de hierro es anterior incluso al año 3000 a.C., época de la que datan los primeros utensilios de hierro descubiertos por los arqueólogos en Egipto. Y que desde que allá por el 1700 a.C. cuando el pueblo Hitita, los primeros artesanos del hierro de los que se tiene noticia, fue invadido y sus secretos metalúrgicos difundidos, las distintas civilizaciones iniciaron con mayor o menor for-tuna su particular aprendizaje del arte de extraer hierro y de trabajarlo, que es como la Real Academia Española de la Lengua define hoy a la siderurgia, el término con el que actualmente se conoce a la moderna industria heredera de aquellos primitivos manufactureros férricos.
Con el devenir de los siglos, los procesos de obtención del hierro fueron poco a poco perfeccionándose, de tal modo que las antiguas aleaciones, que en la actualidad se clasificarían como hierro forjado, dieron paso en el siglo XIV a las primeras fabricaciones de acero, obtenidas calentando hierro y carbón vegetal en recipientes de arcilla durante varios días. Pero el verdadero impulso de la industria siderúrgica vendría bastantes años más tarde con el aumento del tamaño de los hornos utilizados para la fundición –precursores de los altos hornos empleados en la actualidad–, en los que se comenzaron a producir el llamado arrabio, una aleación que fundía a una menor temperatura y que después se refinaba para fabricar acero y, sobre todo, por el convertidor ideado en 1855 por el inventor británico Henry Bessemer, que marcó el paso decisivo en la elaboración del acero a partir del hierro producido en el alto horno al conseguir afinar y eliminar los altos contenidos en carbono, manganeso y silicio mediante una corriente de aire por fondo.

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